miércoles, 10 de octubre de 2012

Mirar el mundo arder.

Sus manos nudosas buscaban los bolsillos de la gabardina negra. Se encorvaba para darse calor en la lluvia. Estaba esperando algo. El pelo se le había mojado pero parecía no importar. Era joven, unos treinta. Muy alto. Su pelo y sus grandes ojos eran oscuros, su piel brillaba, pero no como esos estúpidos vampiros de hoy en día. Miraba a la nada, sumido en sus pensamientos. Cuando me situé a su lado parecía abarcar todo el cielo con su espalda. Me paré en la calle. Mi paraguas era lo único que sonaba en ese lugar, no había nadie más. Yo temblaba de frío, me habían robado la chaqueta en ese maldito bar en el que mis amigas se habían quedado. Tenía uno de esos días en el que lo único que deseas es ver el mundo arder. Estaba harta de la misma vida, en el mismo sitio, con la misma gente. Por eso cuando le vi me detuve, no le había visto antes, necesitaba algo nuevo. Lo que fuera. Algo dañino, algo malo, algo ilegal. Algo que me hiciera sentir que seguía viva. Tal vez pensé que un hombre mayor que yo podría hacerme valorar los años que aún me quedaban hasta llegar a su edad, tal vez pensé que estaba mal pararme a hablar con un extraño, tal vez pensé que ese hombre podía hacerme daño... Pero en ese momento no me importó. Quería ese algo. Desesperadamente.
Una vocecita en mi cabeza me dijo que parara, que huyera, que me haría daño. Que me escondiera detrás de la marquesina del autobús y dejara que se fuera. Tuve un escalofrío. Una gota caía por su cara. Firme, grave, tensa. Sus mandíbulas podrían comerse la una a la otra. Su barbilla tembló. ¿Estaba llorando? No podía ser. Si lloraba no era un asesino. Hola, razonamiento, ¿puedes ser un poco más ilógico? Me daba igual, quería acariciar su pelo. De repente estiró los brazos, movió su cabeza para atrás, cerró los ojos. Hacía frío y llovía a cántaros pero disfrutaba del momento. Segundos después, cuando yo le miraba embobada detrás de la marquesina, bajó los brazos y la cabeza, pero seguía con los ojos cerrados. Me preguntaba qué haría a un hombre hacer eso. Tenía demasiadas preguntas. No sabía por cuál empezar. Creía que ahora abriría los ojos y se iría. Seguro que se iría. Y yo me quedaría sola en este mundo, como antes de ese momento de paz, todo habría acabado. Dile algo. Lo que sea. ¡Hazlo! En un momento absurdo, él sonrió.
- ¿A ti también te pasa que a veces simplemente no puedes más? - entonó con una voz grave pero dulce.

lunes, 14 de noviembre de 2011

¿Por qué no?

Y allí estaba yo, en la parada del Bus, serían las dos de la mañana y esperaba el Búho deseosa de llegar a casa, el frío invadía todo mi cuerpo. Aquella noche había quedado con mis amigas, pero como siempre se fueron pronto a casa. Mientras esperaba, me di cuenta de que no había nadie más en la parada, y comencé a temer que éste ya hubiese pasado.

Al rato de estar allí pasó un chaval por delante de la parada, me miró, y me dijo que si estaba esperando al búho, que ya había pasado. Perfecto, pensé, ahora me tocará esperar una hora más, aquí, muerta de frío.

El chico hizo el amago de seguir caminando, pero se volvió a girar y me dijo “bueno, teniendo en cuenta que vas a tener que esperar una hora aquí pasando frío, ¿por qué no te vienes conmigo a tomarte una copa mientras esperas al autobús?”. La verdad es que la idea me pareció descabellada, pero pensé, y ¿por qué no?.

Comenzamos a caminar en busca de un sitio donde cobijarnos, mientras caminábamos comenzamos a conocernos. El chico era bastante atractivo, muy atractivo.

Llegamos a un local y nos pedimos unas copas, la conversación surgía como si fuésemos amigos de toda la vida, me preguntó qué hacía sola en la parada del autobús, y le conté la noche que había pasado con mis amigas. Las copas fueron haciendo efecto, notaba cómo me miraba, y yo me ruborizaba. Las conversaciones inocentes fueron volviéndose cada vez más y más atrevidas. Comenzamos a hablar de sexo. De pronto me di cuenta de que mis ojos se dirigían de manera lasciva hacia sus labios…

“¿Otra copa?”, me dijo, “si, ¿por qué no?”, contesté yo. La música estaba alta, y para escuchar la conversación hacía falta acercase. Tenía su boca a tres milímetros de la mía, y el olor de su colonia… Le miré, y me besó. El típico beso comenzó a tornarse cada vez más y más apasionado, sentía que perdía el control, estaba en el límite, y el alcohol no ayudaba precisamente a contenerme. Intenté parar. Para despejarme me puse a bailar, y él se acercó para bailar conmigo. Me cogió por la espalda y comenzó a acercar su miembro a mi culo, a restregarlo, notaba cómo se la estaba poniendo dura con el simple roce. Me giró, ahora estábamos cara a cara, y siguió el restriegue.

Nos dieron las cuatro de la mañana, y nos echaron del sitio. Estando en la puerta, despidiéndome, notaba como la excitación de mi cuerpo no había disminuido. Mis mejillas estaban rojas, quizás del calor que hacía en el local, y mis pezones erectos, quizás del frío que hacía fuera, pero… No, no era eso, quería tenerle cerca, quería sentir su cuerpo acariciando el mío. Y mientras yo estaba inmersa en mis pensamientos, el me comentó, “vivo cerca, sé que no es muy habitual, pero… ¿te apetece que nos tomemos la última?”. Sabía que mi cabeza me decía que no, pero mi cuerpo sudaba sólo imaginándome el placer que podría sentir con, esa última copa, así que contesté “vale, ¿por qué no?”.

De camino a su casa no pude evitar empujarle contra la pared y volver a sentir sus labios junto a los míos. Sus manos se volvían como locas por tocar mis pechos, mi culo. Estaba deseando llegar a su casa, el camino me parecía eterno, hubo un momento en que pensé que no llegaría.

Tras pasar el umbral de su puerta, sin encender si quiera la luz, con la única claridad que pasaba a través de la ventana, me desnudó. Mi cuerpo se veía suave, insinuante, y tremendamente atractivo. Tanto su ropa como la mía quedaron repartidas por toda la habitación.

Notaba cómo el descontrol se apoderaba de mí, jamás había hecho esto antes, y me gustaba. Sabía que esa noche estaría dispuesta a cualquier cosa. La sensación de que lo que hacía no estaba bien, de que estaba prohibido, aumentaba mi deseo.

Las caricias dieron paso a los preliminares. Baje lentamente hacia su pene, mientras mis ojos se clavaban en los suyos, ambos sabíamos lo que iba a ocurrir, pero quería ver el deseo en su rostro. Comencé a besar lenta y suavemente su cintura, y cada vez que me acercaba a su pene, éste respondía con una mayor erección si cabe. De pronto, mis labios rozaron su miembro, y lo recorrían de arriba abajo, al comienzo eran besos más suaves, pero cada vez se convirtieron en besos más húmedos, y cuando le miré y noté que no podía más de excitación, su pene se introdujo en mi boca. Comencé por el glande, acariciándolo con mi lengua, con mis labios… poco a poco su pene iba entrando en mi boca, centímetro a centímetro. Y comencé a meterlo, y a sacarlo, y a meterlo… Paré, volví a lamer suavemente su glande, a darle besitos, y me lo introduje de nuevo.

De pronto me dijo que se iba a correr, me aparto suavemente, y me puso a cuatro patas. Golpeaba con su pene la entrada de mi vagina, acariciando con él mi clítoris, y de pronto, entró. Noté como llegaba hasta el fondo, fantástico, y vuelta para dentro, y vuelta para fuera, mientras sus manos agarraban mis pechos. Tiró de mí hacia atrás, haciendo que levantase mis manos de la cama, e incorporándome, para fundirnos en un beso apasionado, lleno de lujuria, a la vez que me penetraba. Gemí.

De repente me agarro por la cintura, sacando su miembro de mi vagina y me pidió que le cabalgase. Se tumbó, y me posicioné encima suya, y antes de introducir su miembro dentro de mí, juguetee un poco más con él. Agarre su miembro con mi mano, y me deslicé lentamente, de nuevo hacia su pene, lo besé. Esta vez quería que me suplicase que parase, quería llevarle al límite, pero sin dejar que se fuera. Introduje su pene en mi boca, acariciándolo con la lengua, mientras la mano hacía el resto, al compás. Miré su cara, vicio, fue la palabra que se me vino a la cabeza. Abrió los ojos, me miró, era una mirada lasciva. Paré, y comencé a deslizarme de nuevo hacia arriba. Con una pierna puesta en cada lado de su cuerpo, cogí su pene, y lo dirigí a la entrada, con delicadeza fui bajando mi cuerpo, haciendo que éste entrase poco a poco, hasta que se introdujo hasta dentro del todo, y ahí me quedé parada durante unos segundos, sintiéndolo dentro. Besé sus labios. Comencé a subir y a bajar mis caderas haciendo que su pene entrase y saliese de mi vagina una y otra vez. Me agarró, y me echó hacia adelante, en este caso era él el que imponía el ritmo, mientras sus brazos me rodeaban abrazándonos, y yo besaba su cuello. Sabía que yo también estaba al límite, no aguantaría ni un minuto más. De pronto noté como él comenzaba a jadear y a gemir, y de pronto sentí cómo me llenaba de semen, el chorro caliente que soltó dentro de mí me provocó un increíble orgasmo, le mordí, gemí, agarré sus fuertes brazos, y… paz. Me encontraba allí, encima de él, completamente extenuada.

Ya había amanecido, y decidí tras darme una ducha, irme a mi casa. Él me pregunto, “¿te volveré a ver?”, y yo le conteste “¿por qué no?”.

domingo, 13 de noviembre de 2011

Agua

Había amanecido como un día gris, lluvioso, de esos que animan a quedarse en casa, resguardado del frio, de la niebla, del agua.
Quería disfrutar de un día sin obligaciones, sin preocupaciones ni deberes. Quería vivir de la imaginación.
Inesperadamente, sonó el teléfono. Me encontré sonriendo al escuchar su voz, sus palabras. Estaba en mi portal, y venía a hacer mi día soleado.
Cuando subió y abrí la puerta, apenas tuve tiempo de cerrarla, pues me abalancé sobre ella, la empujé contra la pared y la besé. De repente todo se convirtió en calor, en desenfreno, en pasión.  No podía ni quería parar de recorrer su cuerpo con mis manos, y entre beso y caricia, entre calidez y excitación, nos fuimos a mi cuarto. Me tiró sobre la cama y se lanzó sobre mí, desinhibida me lancé a su cuello, y escuche su respiración profunda en mis oídos, sus latidos acelerados junto a mi pecho. 
De pronto se me ocurrió, y me levanté llevándola conmigo hacia el baño, encendí la ducha y todo comenzó a hacerse vapor, hasta los pensamientos.
Nos metimos dentro, bajo el agua, y nos fundimos en besos provocadores, entramos en un juego de dos donde no había ganador o perdedor, simplemente se jugaba por el placer. Mientras, mis dedos recorrían su espalda, mis besos su cuello, y sus manos mi cadera. Estaba excitada, gemía al roce de mis labios deslizándose desde el cuello hacia su pecho, bajando por su cintura, y manteniéndome, sin conocer fuerza posible, por no seguir, por no abalanzarme.
La cogí entre mis brazos y la apoyé en los resbaladizos azulejos, viendo como las gotas se precipitaban por su nariz, descendían por uno de sus pezones y mientras, yo los ayudaba a bajar jugueteando con mis dedos… hasta que no pude contenerme, y jugué con ellos en su clítoris, en su vagina. Sus gemidos eran incontrolados, me arañaba la espalda y me mordía los labios, pero yo era capaz de soportarlo todo porque estaba ávida de verla gozar. Su placer en estado puro me hacia gemir a mi solo de verla, de escucharla, de sentirla balancear su cuerpo, temblando porque creía tocar el cielo.
Y ahí estaba yo, bajo el agua que había intentado evitar sin salir de casa, sin preocupación, desenfrenada, y sin que la imaginación hubiera jugado un momento tan excitante y placentero.

Calor


Creo que llevo deseando este momento siglos pero no me sale ninguna palabra, así que solo me acerco a ella. Se echa para atrás hasta topar con la pared, y el espacio que la separa de mi desaparece poco a poco. Sonrío. Me acerco a sus labios, la sostengo por la cintura mientras abre la boca. Intenta separarse de la pared cogiéndome también de mi cadera, pero la aprieto de nuevo. Se queja, la callo besándola. Empiezo a subir las manos por su cintura hasta su pecho. Giro mis labios para besar su cuello, noto su temperatura subir lentamente. La agarro fuerte entre mis brazos mientras clavo mis dientes en su cuello. La dejo caer sobre la cama y nos quedamos unos segundos a pocos centímetros de distancia, mi respiración empieza a acelerarse demasiado. Ella lo nota, me quita la camiseta y una mezcla entre deseo y adrenalina se apodera de mi sangre. Subiendo su camisa empiezo a dejar de poder pensar, así que la estampo en la cama en un intento de recuperar el aliento. Tarde. Me acaricia la espalda, definitivamente ha ganado. 

Empiezo a besar despacio su cuello, bajando al ritmo que me marcan sus latidos por su pecho hasta debajo de su ombligo. Sé que está ardiendo, puedo quemarme si sigo bajando pero prefiero jugar más con ella. Vuelvo a subir recorriendo mi lengua hasta el centro de su pecho. Acaricio muy suavemente sus pezones, responde y no puedo evitar volver a morder su cuello. El ritmo empieza a acelerarse, el calor comienza a quemar mi piel. Acaricio su vientre, voy bajando y me paro. El corazón se me va a salir del pecho, pero ella decide apretar sus dientes en mi hombro. Sigo adelante, mis dedos acarician su clítoris y suelta un pequeño gemido. Voy subiendo el ritmo, no atiendo ya ni a sus latidos ni a nada que no sea su calor. Sostiene mi nuca con su mano y la aprieta contra ella, con la otra mano me araña la espalda. Entro en éxtasis, dejo de ser yo para convertirme exclusivamente en la parte animal de mí. No puedo evitar jadear del esfuerzo, puedo notar abrasándome el brazo pero no me importa. En este momento ardería entera porque ella siguiese gimiendo. Llega, llega al clímax y me doy cuenta de lo que acabo de hacer. Subo para besarla, está quieta. La besaría eternamente.

viernes, 11 de noviembre de 2011

Deseo

Sus labios rozaron los míos, eran cálidos y suaves, le devolví el beso, era un beso tímido pero caliente. La excitación comenzaba a subir… hacía tanto que lo deseaba…

De repente nuestras bocas se entreabrieron y nuestras lenguas al acariciarse comenzaron a jugar. Le deseo.

Sin darme tiempo a imaginarlo me empujó contra la pared, mientras, sus manos buscaban el broche de mi sostén, entre tanto sus besos seguían haciendo que aumentase en mí el desenfreno. Y al apretarme junto a la pared, al notar su cuerpo junto al mío, noté que no era la única que estaba excitada. Le desabroché el botón del pantalón, y al bajarle la cremallera rocé su pene. Logró liberarme del sujetador, y se arrimó más a mí, noté como su pene estaba completamente erecto. Él también me deseaba.

Me empujó encima de la cama y se abalanzó encima de mí mientras me quitaba la camisa que seguía cubriendo mis pechos. Me volvió a besar de nuevo y comenzó a descender… besaba mi cuello… mis pechos… mi ombligo… Cuando su lengua rozó mi clítoris pensé que moriría. Y allí estaba él, entre mis piernas dándome un placer indescriptible, acariciando con su lengua mi clítoris a la vez que sus dedos comenzaban a buscar la entrada de mi vagina. Agarre su cabeza suavemente, haciendo que mis dedos se entremezclaran con su pelo… Quiero más.

De pronto paró, y comenzó a subir de nuevo, poco a poco, volviendo a besar las zonas anteriormente besadas, ombligo… pecho… cuello… Y al llegar a la altura de mi boca noté como su miembro completamente excitado buscaba la entrada de mi vagina y… aah!. La noté, noté cómo me penetraba, como estaba dentro de mí. Comenzó despacito, una, y otra, y otra vez…

Nuestros cuerpos se fundían en uno, quería tenerle más y más cerca. Comenzamos a sudar, y sin poder evitarlo mis manos arañaban su espalda con cada embestida. Agarré su culo. Placer en estado puro. No podía más, sentía cada vez más y más intensamente, y de repente… Siii! Jooder! Abracé con mis piernas su cintura atrayéndolo más a mí, dejándolo preso dentro de mí, fundiéndonos en un abrazo mientras el orgasmo me hacía gemir de placer, y al segundo él gemía conmigo…

Jadeando los dos, muertos de placer, caímos el uno al lado del otro, y allí en cama, desnudos, y abrazados, nos dimos cuenta de lo que había ocurrido… y era genial.