Y allí estaba yo, en la parada del Bus, serían las dos de la mañana y esperaba el Búho deseosa de llegar a casa, el frío invadía todo mi cuerpo. Aquella noche había quedado con mis amigas, pero como siempre se fueron pronto a casa. Mientras esperaba, me di cuenta de que no había nadie más en la parada, y comencé a temer que éste ya hubiese pasado.
Al rato de estar allí pasó un chaval por delante de la parada, me miró, y me dijo que si estaba esperando al búho, que ya había pasado. Perfecto, pensé, ahora me tocará esperar una hora más, aquí, muerta de frío.
El chico hizo el amago de seguir caminando, pero se volvió a girar y me dijo “bueno, teniendo en cuenta que vas a tener que esperar una hora aquí pasando frío, ¿por qué no te vienes conmigo a tomarte una copa mientras esperas al autobús?”. La verdad es que la idea me pareció descabellada, pero pensé, y ¿por qué no?.
Comenzamos a caminar en busca de un sitio donde cobijarnos, mientras caminábamos comenzamos a conocernos. El chico era bastante atractivo, muy atractivo.
Llegamos a un local y nos pedimos unas copas, la conversación surgía como si fuésemos amigos de toda la vida, me preguntó qué hacía sola en la parada del autobús, y le conté la noche que había pasado con mis amigas. Las copas fueron haciendo efecto, notaba cómo me miraba, y yo me ruborizaba. Las conversaciones inocentes fueron volviéndose cada vez más y más atrevidas. Comenzamos a hablar de sexo. De pronto me di cuenta de que mis ojos se dirigían de manera lasciva hacia sus labios…
“¿Otra copa?”, me dijo, “si, ¿por qué no?”, contesté yo. La música estaba alta, y para escuchar la conversación hacía falta acercase. Tenía su boca a tres milímetros de la mía, y el olor de su colonia… Le miré, y me besó. El típico beso comenzó a tornarse cada vez más y más apasionado, sentía que perdía el control, estaba en el límite, y el alcohol no ayudaba precisamente a contenerme. Intenté parar. Para despejarme me puse a bailar, y él se acercó para bailar conmigo. Me cogió por la espalda y comenzó a acercar su miembro a mi culo, a restregarlo, notaba cómo se la estaba poniendo dura con el simple roce. Me giró, ahora estábamos cara a cara, y siguió el restriegue.
Nos dieron las cuatro de la mañana, y nos echaron del sitio. Estando en la puerta, despidiéndome, notaba como la excitación de mi cuerpo no había disminuido. Mis mejillas estaban rojas, quizás del calor que hacía en el local, y mis pezones erectos, quizás del frío que hacía fuera, pero… No, no era eso, quería tenerle cerca, quería sentir su cuerpo acariciando el mío. Y mientras yo estaba inmersa en mis pensamientos, el me comentó, “vivo cerca, sé que no es muy habitual, pero… ¿te apetece que nos tomemos la última?”. Sabía que mi cabeza me decía que no, pero mi cuerpo sudaba sólo imaginándome el placer que podría sentir con, esa última copa, así que contesté “vale, ¿por qué no?”.
De camino a su casa no pude evitar empujarle contra la pared y volver a sentir sus labios junto a los míos. Sus manos se volvían como locas por tocar mis pechos, mi culo. Estaba deseando llegar a su casa, el camino me parecía eterno, hubo un momento en que pensé que no llegaría.
Tras pasar el umbral de su puerta, sin encender si quiera la luz, con la única claridad que pasaba a través de la ventana, me desnudó. Mi cuerpo se veía suave, insinuante, y tremendamente atractivo. Tanto su ropa como la mía quedaron repartidas por toda la habitación.
Notaba cómo el descontrol se apoderaba de mí, jamás había hecho esto antes, y me gustaba. Sabía que esa noche estaría dispuesta a cualquier cosa. La sensación de que lo que hacía no estaba bien, de que estaba prohibido, aumentaba mi deseo.
Las caricias dieron paso a los preliminares. Baje lentamente hacia su pene, mientras mis ojos se clavaban en los suyos, ambos sabíamos lo que iba a ocurrir, pero quería ver el deseo en su rostro. Comencé a besar lenta y suavemente su cintura, y cada vez que me acercaba a su pene, éste respondía con una mayor erección si cabe. De pronto, mis labios rozaron su miembro, y lo recorrían de arriba abajo, al comienzo eran besos más suaves, pero cada vez se convirtieron en besos más húmedos, y cuando le miré y noté que no podía más de excitación, su pene se introdujo en mi boca. Comencé por el glande, acariciándolo con mi lengua, con mis labios… poco a poco su pene iba entrando en mi boca, centímetro a centímetro. Y comencé a meterlo, y a sacarlo, y a meterlo… Paré, volví a lamer suavemente su glande, a darle besitos, y me lo introduje de nuevo.
De pronto me dijo que se iba a correr, me aparto suavemente, y me puso a cuatro patas. Golpeaba con su pene la entrada de mi vagina, acariciando con él mi clítoris, y de pronto, entró. Noté como llegaba hasta el fondo, fantástico, y vuelta para dentro, y vuelta para fuera, mientras sus manos agarraban mis pechos. Tiró de mí hacia atrás, haciendo que levantase mis manos de la cama, e incorporándome, para fundirnos en un beso apasionado, lleno de lujuria, a la vez que me penetraba. Gemí.
De repente me agarro por la cintura, sacando su miembro de mi vagina y me pidió que le cabalgase. Se tumbó, y me posicioné encima suya, y antes de introducir su miembro dentro de mí, juguetee un poco más con él. Agarre su miembro con mi mano, y me deslicé lentamente, de nuevo hacia su pene, lo besé. Esta vez quería que me suplicase que parase, quería llevarle al límite, pero sin dejar que se fuera. Introduje su pene en mi boca, acariciándolo con la lengua, mientras la mano hacía el resto, al compás. Miré su cara, vicio, fue la palabra que se me vino a la cabeza. Abrió los ojos, me miró, era una mirada lasciva. Paré, y comencé a deslizarme de nuevo hacia arriba. Con una pierna puesta en cada lado de su cuerpo, cogí su pene, y lo dirigí a la entrada, con delicadeza fui bajando mi cuerpo, haciendo que éste entrase poco a poco, hasta que se introdujo hasta dentro del todo, y ahí me quedé parada durante unos segundos, sintiéndolo dentro. Besé sus labios. Comencé a subir y a bajar mis caderas haciendo que su pene entrase y saliese de mi vagina una y otra vez. Me agarró, y me echó hacia adelante, en este caso era él el que imponía el ritmo, mientras sus brazos me rodeaban abrazándonos, y yo besaba su cuello. Sabía que yo también estaba al límite, no aguantaría ni un minuto más. De pronto noté como él comenzaba a jadear y a gemir, y de pronto sentí cómo me llenaba de semen, el chorro caliente que soltó dentro de mí me provocó un increíble orgasmo, le mordí, gemí, agarré sus fuertes brazos, y… paz. Me encontraba allí, encima de él, completamente extenuada.
Ya había amanecido, y decidí tras darme una ducha, irme a mi casa. Él me pregunto, “¿te volveré a ver?”, y yo le conteste “¿por qué no?”.