domingo, 13 de noviembre de 2011

Agua

Había amanecido como un día gris, lluvioso, de esos que animan a quedarse en casa, resguardado del frio, de la niebla, del agua.
Quería disfrutar de un día sin obligaciones, sin preocupaciones ni deberes. Quería vivir de la imaginación.
Inesperadamente, sonó el teléfono. Me encontré sonriendo al escuchar su voz, sus palabras. Estaba en mi portal, y venía a hacer mi día soleado.
Cuando subió y abrí la puerta, apenas tuve tiempo de cerrarla, pues me abalancé sobre ella, la empujé contra la pared y la besé. De repente todo se convirtió en calor, en desenfreno, en pasión.  No podía ni quería parar de recorrer su cuerpo con mis manos, y entre beso y caricia, entre calidez y excitación, nos fuimos a mi cuarto. Me tiró sobre la cama y se lanzó sobre mí, desinhibida me lancé a su cuello, y escuche su respiración profunda en mis oídos, sus latidos acelerados junto a mi pecho. 
De pronto se me ocurrió, y me levanté llevándola conmigo hacia el baño, encendí la ducha y todo comenzó a hacerse vapor, hasta los pensamientos.
Nos metimos dentro, bajo el agua, y nos fundimos en besos provocadores, entramos en un juego de dos donde no había ganador o perdedor, simplemente se jugaba por el placer. Mientras, mis dedos recorrían su espalda, mis besos su cuello, y sus manos mi cadera. Estaba excitada, gemía al roce de mis labios deslizándose desde el cuello hacia su pecho, bajando por su cintura, y manteniéndome, sin conocer fuerza posible, por no seguir, por no abalanzarme.
La cogí entre mis brazos y la apoyé en los resbaladizos azulejos, viendo como las gotas se precipitaban por su nariz, descendían por uno de sus pezones y mientras, yo los ayudaba a bajar jugueteando con mis dedos… hasta que no pude contenerme, y jugué con ellos en su clítoris, en su vagina. Sus gemidos eran incontrolados, me arañaba la espalda y me mordía los labios, pero yo era capaz de soportarlo todo porque estaba ávida de verla gozar. Su placer en estado puro me hacia gemir a mi solo de verla, de escucharla, de sentirla balancear su cuerpo, temblando porque creía tocar el cielo.
Y ahí estaba yo, bajo el agua que había intentado evitar sin salir de casa, sin preocupación, desenfrenada, y sin que la imaginación hubiera jugado un momento tan excitante y placentero.

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