Sus manos nudosas buscaban los bolsillos de la gabardina negra. Se encorvaba para darse calor en la lluvia. Estaba esperando algo. El pelo se le había mojado pero parecía no importar. Era joven, unos treinta. Muy alto. Su pelo y sus grandes ojos eran oscuros, su piel brillaba, pero no como esos estúpidos vampiros de hoy en día. Miraba a la nada, sumido en sus pensamientos. Cuando me situé a su lado parecía abarcar todo el cielo con su espalda. Me paré en la calle. Mi paraguas era lo único que sonaba en ese lugar, no había nadie más. Yo temblaba de frío, me habían robado la chaqueta en ese maldito bar en el que mis amigas se habían quedado. Tenía uno de esos días en el que lo único que deseas es ver el mundo arder. Estaba harta de la misma vida, en el mismo sitio, con la misma gente. Por eso cuando le vi me detuve, no le había visto antes, necesitaba algo nuevo. Lo que fuera. Algo dañino, algo malo, algo ilegal. Algo que me hiciera sentir que seguía viva. Tal vez pensé que un hombre mayor que yo podría hacerme valorar los años que aún me quedaban hasta llegar a su edad, tal vez pensé que estaba mal pararme a hablar con un extraño, tal vez pensé que ese hombre podía hacerme daño... Pero en ese momento no me importó. Quería ese algo. Desesperadamente.
Una vocecita en mi cabeza me dijo que parara, que huyera, que me haría daño. Que me escondiera detrás de la marquesina del autobús y dejara que se fuera. Tuve un escalofrío. Una gota caía por su cara. Firme, grave, tensa. Sus mandíbulas podrían comerse la una a la otra. Su barbilla tembló. ¿Estaba llorando? No podía ser. Si lloraba no era un asesino. Hola, razonamiento, ¿puedes ser un poco más ilógico? Me daba igual, quería acariciar su pelo. De repente estiró los brazos, movió su cabeza para atrás, cerró los ojos. Hacía frío y llovía a cántaros pero disfrutaba del momento. Segundos después, cuando yo le miraba embobada detrás de la marquesina, bajó los brazos y la cabeza, pero seguía con los ojos cerrados. Me preguntaba qué haría a un hombre hacer eso. Tenía demasiadas preguntas. No sabía por cuál empezar. Creía que ahora abriría los ojos y se iría. Seguro que se iría. Y yo me quedaría sola en este mundo, como antes de ese momento de paz, todo habría acabado. Dile algo. Lo que sea. ¡Hazlo! En un momento absurdo, él sonrió.
- ¿A ti también te pasa que a veces simplemente no puedes más? - entonó con una voz grave pero dulce.
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